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Miguel Ángel Ordóñez
Basada en una serie de animación de los 80, “Alvin y las Ardillas” es la historia de tres ardillas muy peculiares que deciden instalarse en la casa de un compositor, Dave Seville. Enseguida las ardillas se dan cuenta de la necesidad de convencer a Dave de que las deje vivir allí para demostrarle que no sólo pueden andar como una persona… ¡sino que pueden cantar! No tardarán en revelarse como la sensación musical del momento. Los problemas surgen cuando los animalitos comienzan a darse cuenta de su éxito y se vuelven contra el compositor. Sin embargo, no tardarán mucho en descubrir que haber formado una familia con Dave es el mayor éxito de todos.
Producto infantil que en los USA ha logrado una recaudación de más de 200 millones de dólares (no me pregunten ni el cómo ni el porqué), el score corre a cargo de Christopher Lennertz, prometedor compositor que hace unos años desembarcó en Hollywood y se dio a conocer con un score gótico apreciable (“Saint Sinner”) e hizo cierto nombre entre los aficionados como sustituto de Michael Giacchino en la franquicia “Medal of Honor” (“Rising Sun”, “Pacific Assault” o “European Assault”).
Lo cierto es que muy poco o casi nada mínimamente interesante, puede decirse de este “Alvin and the Chipmunks”. Que detrás de ella se intuye un compositor con posibilidades, no creo que pueda dudarlo nadie; que la obra acumule tópico tras tópico dando como resultado una agradable escucha sin sustancia ni carnaza, tampoco. Y es que el score acude a todos los clichés que sostienen el cine de animación: estética cartoon, silencios intercalados entre pizzicatos y conatos de scherzos (baste como ejemplo el corte “Dinner!”), armonías suaves y empáticas estableciendo una clara dualidad que ayuda a identificar los buenos de los villanos, clara directriz melódica que incorpora su dosis de nostalgia y lirismo… En fin, un catálogo de premisas que aportan bastante bien poco de novedoso.
Desde el punto de vista temático, el score emplea dos leitmotiv que, desarrollados a lo largo de la partitura, se ven asociados a las ardillas y al personaje de Dave. El primero, jovial y dinámico, identifica con sencillez a los pequeños animales; el segundo, acústico e íntimo, apela a la condición sociable y humana del compositor que las acoge. Entre tanta vulgaridad, Lennertz intenta dar un toque moderno a la composición acudiendo al empleo de triángulos o percusiones, casi todas basadas en la madera como símbolo que alude al bosque de donde provienen las protagonistas, y que en realidad responden a ese sonido “Thomas Newman Light” que resulta tan “necesario” en cualquier producto industrial que se precie (como es el caso).
Esta tan frecuente tendencia hacia la estandarización, no debe impedir el ver que detrás de este “Alvin and the Chipmunks” se esconde un interesante -aunque impersonal- compositor que lamentablemente ha encontrado su sitio en Hollywood con productos de ínfima calidad de los que, sin duda, le va a costar desligarse. Cuando lo ha intentado (“Tortilla Heaven” o “The Deal”), de nuevo las improntas de Thomas Newman o Rolfe Kent han flotado sobre el horizonte. Frente a su incapacidad para crear algo propio, Lennertz ha apostado por la artesanía en productos como “Meet The Spartans”, “Dr. Doolittle 3” o “Disaster Movie”, haciendo méritos para que su carrera corra en paralelo a la de autores del tipo David Kitay. Lo que no cabe duda es que Lennertz, gracias a ese mísero cine alentado por descerebrados, tiene todas las papeletas para ocupar los primeros puestos del Box Office en lo relativo a compositores más influyentes (esos rankings absurdos que se hacen en función de la recaudación de las películas). Editado a mil ejemplares, La-La Land Records apuesta por un producto que sin ese cartel coleccionista no vendería ni cuatro. El tema de siempre, que aburre y mucho.
29-septiembre-2008
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