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José-Vidal Rodriguez
Claro ejemplo de otro de esos tándems estables del Hollywood reciente, la duradera unión artística entre el compositor Terence Blanchard y su principal valedor, el cineasta Spike Lee, alcanzaba una de sus más altas cotas de calidad -sino la mayor- en los más de tres lustros de colaboración cinematográfica. La partitura de "25th Hour" no sólo cuenta para gran parte de la crítica entre la mejor escrita para el cine por el afamado trompetista de jazz, sino que además le valdría a Blanchard reconocimientos profesionales de gran caché, como lo fueron las nominaciones para el Globo de Oro en el apartado de mejor música original, y como mejor compositor del año en los prestigiosos World Soundtracks Awards. Afortunadamente para él, parecía que Terence empezaba a quitarse el estigma de intruso ocasional en el ámbito del celuloide.
Lo cierto es que "La Última Noche" es, probablemente, el filme de Spike Lee en donde mayor relevancia adquiere la ambientación musical, si exceptuamos aquella simpática "`Mo´ Better Blues”. La cinta, basada en un guión certero y bien enlazado, nos sumerge en el día previo a que Monty Brogan ingrese en prisión para cumplir una condena de siete años por tráfico de drogas. Pero Monty no es el camello al uso, sino un hombre de gran sensibilidad y profundas convicciones que contempla con sorprendente serenidad cómo su vida se derrumba ante su inminente encarcelamiento. Esto es precisamente uno de los puntos más atractivos de la historia, atender a las reacciones del entorno del protagonista mientras él permanece casi inalterable evitando el sufrimiento de aquellos que le quieren, llorando su angustia en un silencio interior tan sólo compartido con el espectador. Entre tanto, Lee aprovecha la coyuntura para rendir sucesivos homenajes a las víctimas del 11-S, y revisar el dolor que flota en su ciudad por excelencia, Nueva York.
El rápido -pero preciso- recorrido que Lee realiza por la vida de Monty y los sucesos que le han llevado a esta última noche en libertad, encuentra en el fantástico score de Terence Blanchard un soporte esencial para sostener los distintos avatares del argumento. La banda sonora no sólo descubre un lado artístico del músico casi inexplorado, sino que reserva al oyente, durante varios pasajes, instantes de auténtico deleite musical fuera ya de su indudable eficacia en el contexto narrativo del filme.
Blanchard escoge una aproximación que se aleja globalmente de anteriores encargos claramente influenciados por su talentosa vena jazzística, ahondando en un dramatismo sinfónico para el cuál se lanza a dirigir a una orquesta de casi 90 miembros conformada por algunos de los mejores intérpretes londinenses. Con este despliegue sonoro de amplios medios, la piedra angular sobre la que apoya su labor, radica en las no pocas virtudes de un tema central sensacional y muy adecuado en su intencionado dramatismo contenido. No en vano, en el "Open Title", mientras la pantalla nos muestra un Nueva York nocturno huérfano de las "Twin Towers", Blanchard seduce nuestros oidos con un tema que, combinando clasicismo y música étnica (representada por la percusión y esa desgarradora voz de Cheb Mami), va progresando a base de sutiles repeticiones, ganando esa intensidad in crescendo idónea para describir posteriormente la angustia interna del protagonista, la misma que justifica esa explosión de sentimientos en la víspera de un día que cambiará por completo su vida. Resulta curioso comprobar cómo este motivo principal, eminentemente destinado a enfatizar lo trágico, parece amoldarse con idéntica eficacia a los momentos realmente liberadores de la trama ("25th Hour Finale").
Junto a los fragmentos de amplitud dramática ofertados por este tema, el compositor de Louisiana se afana en aprovechar los medios musicales con los que cuenta desde una contención encomiable, sabedor de que la historia, pese a sus complejidades, incide en los aspectos más básicos de todo ser humano y su reacción ante lo inevitable. En este sentido, Blanchard demuestra una destacada sensibilidad en cortes francamente limpios orquestalmente hablando, tales como "The Apartment #1 & #2" o el hermoso solo de piano del "Sleeping Is Naturelle". Y todo ello sin que el músico deje pasar la ocasión de experimentar con fusiones jazz-sinfónicas no menos interesantes ("Fu Montage", "Playground").
Antes de que las excelencias del main theme puedan llegar a encorsetar la aproximación de Blanchard, el autor se saca de la manga dos excelentes motivos enfocados ya expresamente a los dos eventos nefastos sobre los que gira el argumento. El primero de ellos, "DEA", enfatiza con urgente tensión el arresto de Monty tras la redada y hallazgo de la droga en su casa. Pero es el soberbio corte titulado "Ground Zero", el que pone la guinda de calidad al score, acompañando a aquel montaje en el que Spike Lee rinde su particular tributo al desastre del 11-S. De nuevo, la voz de Cheb Mami imprime ese sordo lamento a una sucesión de frases a cuerda que, sin florituras ni sentimentalismos melódicos, adquieren sin embargo un milimétrico y ejemplar halo decadente en su vínculo con las imágenes, rompiendo finalmente en ese violento ritmo a tambor con el que músico y director parecen dar rienda suelta a la rabia contenida por la tragedia.
Poco más se puede decir sobre este trabajo con el que Blanchard sorprendió a propios y extraños, y de paso acalló numerosas voces que le tildaban de músico limitado para el cine. Tan sólo resta recomendar fervientemente al lector la adquisición de este interesantísimo album, así como aconsejar igualmente el visionado de la cinta, en aras de apreciar en su justa medida los matices de una obra cuyas virtudes verdaderamente se acentúan en su fusión con las imágenes.
1-septiembre-2007
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