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José-Vidal Rodriguez
Que el cine actual yanqui está en horas bajas, es algo que nadie puede poner en duda. Que los remakes y secuelas son la excusa perfecta para que últimamente Hollywood siga produciendo filmes, es una realidad. Y que muchos de los espectadores ya estamos hasta las narices de tanto vacío creativo, es un hecho que debería hacer recapacitar a las distribuidoras en su afán por seguir colapsando las salas de cine con tanto título olvidable.
El género del terror es uno de los principales damnificados por esta ausencia total de ideas. Si hace unos meses nos tocó sufrir el remake innecesario de “La Profecía”, ahora le llega el turno a ”Las Colinas Tienen Ojos”, mejorada revisión, según algunos, de aquel filme de Wes Craven que alcanzara cierto éxito popular a finales de los años 70, originando incluso una secuela de menor calado. Craven ahondaba en el siempre escabroso tema de la antropofagia, practicada esta vez en pleno desierto de California por un clan de seres atormentados por sus horribles mutaciones, que hallarán en un grupo de turistas extraviados el menú de lujo para sus insaciables estómagos.
Si en la cinta original de 1977 teníamos al televisivo Don Peake escribiendo el correspondiente score, testigo que cedió en la secuela al “maestro” de la serie B Harry Manfredini, el nombre de Tomandandy copa ahora el apartado de la composición musical en esta nueva versión recién estrenada.
Tom Hadju y Andy Milburn son la pareja de músicos que están detrás de la fundación de este grupo, aunque hay que tener en cuenta que hablamos de una franquicia del estilo Mediaventures (bastante más modesta, eso sí), que cuenta con un nutrido clan de profesionales a la sombra de ambos. Con mucho aún por aprender en esto del cine, los Tomandandy comenzaron a hacerse cierto nombre a principios de los 90 en el ámbito de los anuncios, así como por sus intervenciones en la MTV y sus colaboraciones con artistas de la talla de David Byrne, Lou Reed o los ibéricos La Fura Dels Baus. Pero no es sino de la mano del cineasta y guionista Roger Avary, cuando el dúo empieza a asentarse en el mundo de las soundtracks, con trabajos como “Killing Zoe” o “Mothman: La Última Profecía”.
En esta ”The Hills Have Eyes” y para desconsuelo de los que disfrutamos con los scores de terror, Tomandandy nos “regala” una partitura candidata a figurar sin duda entre las peores del año. La verdad es que cualquiera que hubiese oido trabajos anteriores del grupo, podría augurar un resultado sonoro muy cercano al que se nos ofrece aquí. Si a ello le añadimos la poca agradecida estética del filme (una especia de “Matanza de Texas”) y esa atmósfera oscura que delimita las posibilidades musicales de la cinta, el resultado no es otro que la tristísima creación que todo aquel que se atreva tendrá la ocasión de sufrir; un disco no apto para la mayoría de los paladares que atesoren cierto gusto en esto de las soundtracks.
Similar en ciertos momentos a otro bodrio reciente del género llamado “Land of the Dead”, la partitura se sustenta en la entrega absoluta al aparato electrónico, con la utilización casi exclusiva de unos sintetizadores que evaden cualquier intencionalidad melódica para potenciar el efectismo y la exaltación vacua de nuestros oídos buscando reverberaciones, cadencias ambientales, golpes de efecto y demás recursos de tal simpleza que tan sólo tienen significación (y escasa) dentro del contexto del filme. En este sentido, el que comentamos es uno de los scores más ambientales que se han editado en los últimos años, entendiendo el término “ambiental” en el sentido de absolutamente inexpresivo en su escucha aislada; y en el que además no se vislumbra, por parte de sus autores, ni un solo intento de huir de esa extrema incidentalidad o de proponer un mínimo de sensatez musical que ayude a recomendar siquiera levemente el trabajo.
Es casi imposible definir la línea estilística de la partitura, porque siendo sinceros la palabra más exacta que me viene a la cabeza es la de “ruido”. Con la guitarra (tanto eléctrica como acústica) como instrumento que intenta tomar protagonismo, Tomandandy se esmeran en improvisar texturas duras y psicodélicas con las que a la postre olvidan las más elementales normas de la composición para el cine. No sólo estamos ante un score malsano, atonal y netamente experimental -aspectos hasta cierto punto admisibles visto el argumento de la cinta-, sino también ante un trabajo que, en su resolución, ejemplifica de manera perfecta el pasotismo brutal (o incapacidad) de la pareja por ofrecer algo que no sea efectismo barato y golpes musicales tan previsibles como a la vez sonrojantes, siempre apoyados en un sonido sintético del que los autores se ven a años luz de sacar un verdadero rendimiento atractivo a los oídos.
Estoy convencido que alguien, con ganas de justificar lo injustificable, será capaz de ver originalidad, riesgo o incluso modernidad en lo que Tomandandy nos propone aquí. Pero no se engañen, todo buen aficionado sabe apreciar las virtudes de una buena partitura ambiental-opresiva (maestros en este sentido no faltan), y por ello no dudo que coincidirán conmigo en que este “The Hills Have Eyes” es cualquier cosa menos una partitura audible de cine, aún siendo benévolo y disculpando el contexto para el cuál fue compuesta.
Así las cosas, rescatar algún tema del CD se hace duro, muy duro. Teniendo en cuenta que escucharlo en su totalidad se me antoja una tarea harto difícil, quizás el aficionado no llegue a “disfrutar” con el grupo de cortes finales encabezados por los ”The Quest I & II”, efectivos al menos en su significación rítmica y la utilización rotunda de los metales (ignoro si reales, eso sí); el ”Sacrifice”, en donde el dúo intenta de nuevo alcanzar cierta expresividad a la guitarra; o el ”It´s Over?”, la pieza en la cual se aprecian al fin indicios de lo que entendemos por sentido cinematográfico, con una especie de crescendo de conclusión a metales, cuerdas y bajo, que no sólo constituye el fragmento más decente de todo el compacto, sino afortunadamente el último, algo que se agradece.
El sello Lakeshore, que parece especializado en editar partituras impublicables o muy poco atrayentes para el aficionado (véase “When A Stranger Calls” o “Underworld 2”), ofrece como casi siempre un álbum completo, con prácticamente toda la música compuesta para la película, amén de los nueves primeros cortes, consistentes en canciones escuchadas en el filme, entre las que encontramos ejemplos de hard rock a cuál más flojo, entremezclados con versiones de éxitos imborrables como el "California Dreamin´”, interpretado por una banda que se hace llamar The Bald Eagles. Otro despropósito más que añadir a un patético score cuyo acabado no lo disculpa ni el más comprensivo de los oídos.
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