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Miguel Ángel Ordóñez
Muchas son las versiones fílmicas que han trasladado a la pantalla los 54 rollos (o capítulos) que conforman la extensísima “Genji Monogatari”, considerada la primera novela de la historia en el sentido moderno. Fechada a principios del siglo XI y atribuida a una mujer, Murasaki Shikibu, la obra repasa las aventuras cortesanas y amorosas del príncipe Genji, su ascenso al poder tras ser degradado a plebeyo y el reinado de sus hijos, aportando una visión reveladora de la temprana era Heian. Afrontadas con desigual resultado, de entre todas merece la pena destacar la olvidada versión de Ichikawa (precisamente por aportar una mayor dosis de consistencia psicológica a los personajes, aquello en lo que era pionera la novela) por encima de la adaptación realizada por Kinugasa (el legendario director de “Puerta del Infierno”) años antes. Desde Akira Ifukube, bajo la dirección de Kozaburo Yoshimura, hasta Ichiro Saito, subrayando la visión de Kazuo Mori, han desfilado multitud de músicos en pos de alcanzar los ideales de amor y deseo reflejados sensualmente por la autora, sirviéndose para ello, en mayor o menor medida, del extenso repertorio folklórico del país.
Cuando el compositor japonés Akira Senju anunciaba la realización de una Sinfonía retroalimentada por la obra de Murasaki (recordemos que la novela más importante de Japón, equivalente al “Quijote” español), el proyecto resultaba, a priori, tan ambicioso como audaz y atractivo. Con el resultado ya en nuestras manos, sólo puede hablarse de oportunidad perdida. Y es que Senju parte de errores en la misma exégesis de su obra. Apelar a un término como “Sinfonía de Salmos” para referirse a una recopilación de poemas sin contenido religioso, parece imprudente, hacerlo como obra que irremediablemente se coteja con la compuesta en pleno periodo neoclásico por Stravinsky (referente ineludible de “The Omen”, tanto por el empleo de textos en latín como por el uso de voces al unísono), una temeridad. Desde un punto de vista formal, Stravinsky retoma los principios clásicos de equilibrio y objetividad en una obra construida básicamente sobre ostinatos (el primer y el brillante tercer movimientos) y una fuga (su segundo movimiento), a través de un complejo entramado de formas rítmicas y de un imponente desarrollo contrapuntístico. La obra de Senju, en cambio, se muestra en todo momento conservadora y convierte a la orquesta en un mero acompañamiento instrumental. Si el maestro ruso decide colocar sus peones en un plano de igualdad, en una perfecta dinámica de equilibrios, el japonés opta por una estructura jerarquizada. Como resultado, el oyente se sumerge en una escucha liviana y contradictoria respecto de las profundas raíces étnicas del relato, valiéndose el autor, en una decisión legítima pero discutible, de la parte más rancia de la tonalidad occidental para subrayar los textos de Takashi Matsumoto.
Tampoco como “Sinfonía de Poemas”, como se anuncia ahora la obra en su estreno escénico el próximo 4 de abril con la New Japan Philarmonic, la partitura sale indemne comparada con sus modelos. Tomando como referente la oscura y enigmática Decimocuarta de Shostakovich (por buscar tres pies al gato: adéntrense en su primer movimiento, el lorquiano “De Profundis”, para descubrir la verdadera inspiración (sic) de Horner en su tema de apertura para “Aliens”), precedente cercano de este “Tale of Genji” –dejando a un lado sus estéticas bien diferenciadas, empezando por la influencia mahleriana y mussorgskiana de aquella-, Senju se distancia de la parafernalia funesta desencadenante de la obra del ruso (la muerte vista como el final de la vida, no como liberación o redención), de su empleo de semitonos y de embriones de atonalidad, para valerse de los pilares fundamentales que sustentan la penúltima del gran maestro sinfónico del siglo XX: la presencia de dos solistas vocales (soprano y tenor frente a soprano y bajo en la partitura de Shostakovich) y la organización de la obra sobre canciones que conforman un núcleo común temático. Senju acude a un ciclo de 8 “baladas” apoyadas sobre una obertura y una coda en las que “artificiosamente” prescinde de la voz. Aunque en un plano conceptual Senju se mire en el espejo de Shostakovich, formalmente su discurso está muy lejos, en resultados, de los poemas sinfónicos de, pongamos por ejemplo, un post-romántico como Strauss (“Don Juan”, “La Vida de un Héroe”), al que busca sin disimulo. Lamentablemente, no sólo es la escritura la que no está a la altura de la función, porque en el aspecto vocal tampoco sus cantantes logran pasar con nota la prueba del algodón, en especial Kunpei Matsumoto, cuyo vibrato resulta molesto y afectado.
Nada tiene que ver la hegemonía del Rachmaninov más melódico -lejos de la excitante y ambigua “Isla de los Muertos”, por ejemplo- como fuente alimenticia de la música cinematográfica nipona actual (basta mirar la explícita “Our Textbook” de Iwashiro), para que partiendo de esos mimbres debamos tomar en serio, como epicentro creativo de toda una nueva ola de músicos cinematográficos del país, el presente trabajo de Senju. Ni mucho menos. Si esas constantes melódicas, de origen occidental y popular, han dominado la escena japonesa desde hace más de 30 años –Takemitsu al margen, por supuesto-, no es menos cierto tampoco que cuando los máximos responsables de la generación pasada se han acercado al universo de la música concertística lo han hecho con un lenguaje más arriesgado y con luz propia. Ifukube (“Sinfonia Tapkaara”), Hayasaka (“Piano Concerto”), Akutagawa (“Ellora Symphony”), Mayuzumi (“Nirvana Symphony”) o Saegusa (el oratorio “Yamato Takeru”, el sorprendente “Concierto para Piano, Orquesta y Coros”) han dado muestras de conocer los terrenos que pisan. Donde todos ellos hacen méritos, Senju claudica víctima de su autocomplacencia, al pretender generar sensitivas atmósferas a través de delicadas orquestaciones y crear en su lugar un homogéneo pastel de romanticismo afectado y empalagoso.
A excepción de la simulada gravedad que adquiere el conjunto de la obra, poco o nada diferencia “Tale of Genji” de la simplicidad con la que Senju aborda gran parte de su obra cinematográfica (fruto de un amaneramiento formal del que sólo a veces se desviste) y esa falta de riesgo irrita. Resulta poco estimulante atacar una Sinfonía inmersos en pleno siglo XXI apelando a lenguajes vigentes hace cien años. Si el músico de cine siente el deseo de huir de aquellos clichés que condicionan o cercenan una parte de su actividad creativa, lo deseable es que esa necesidad de libertad no se vea sometida a viejos peajes. Más que nada, porque a pesar del posicionamiento estético de partida, parece absurdo reinterpretar modelos o patrones condicionados por una época determinada repleta de momentos históricos únicos. Viene al caso recordar las palabras que Ravel le dedicó a Gershwin cuando se negó a impartirle clases: “¿Para qué quiere ser usted un mal Ravel si ya es un gran Gershwin?”. Al margen de esos tributos estilísticos, Senju naufraga porque aporta muy poco bajo su irrelevante disfraz sinfónico. Como consecuencia, “Tale of Genji” discurre como un ejercicio ampuloso y aburrido que contentará a todos los seguidores del artista si se acercan al mismo con las tragaderas propias con que lo hacen a su subrayado fílmico. Quienes esperen percibir nuevos registros en un Senju libre de las servidumbres de la imagen, que vayan poniendo un cirio a Santa Cecilia.
16-marzo-2009
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